martes, 10 de junio de 2008

Hágame la colita por favor....

Hoy tenía ganas de escribir y no me decidía entre dos temas: el primero, que considero interesante, son las diversas formas como se escribe “broaster”, “yogourt” y “Sándwich” (que de hecho, no se si las escribí bien). El segundo tema, el de las colas. Pero no las colas de carros, que entre otras cosas tienen muchos remedios inmediatos (aumentar la gasolina a 2.000Bs el litro, dia de parada, aumentar las carreteras, crear car-poolings, hacerle control de emisiones a los carros o simplemente no dejar transitar a los chóferes con el certificado medico vencido y/o chimbo). Hablo de las “colitas”, la cola en el supermercado, la cola de Makro, la cola de la panaderia, la cola pues. Mi madre me enseñó de niño que las colas eran signo de civilización, porque la gente civilizada hacia cola para montarse en el autobús y no se caía a coñazos para montarse como yo hacía en la universidad para ir al comedor (que vaina tan buena, los pajuos de FACES hacían cola y los de ingeniería se montaban de primero). Sin embargo cuando empecé a estudiar ingeniería entendí a las colas de manera diferente. No solo porque me coleaba en el comedor y en los autobuses (que les juro eran las dos únicas colas que no hacía) sino porque las empecé a ver como manifestación del comportamiento de sistemas. La gente que ordenadamente se colocaba una tras otra, era la prueba de una acumulación del “delta de persona” que entraba al sistema a una velocidad mucho mayor de los “delta de persona” atendidos. Es decir, como no había cama para tanta gente, uno tenia que esperar. Esa acumulación de masa en el “volumen de control” (disculpen pero me encanta recordar los términos como son) de que el servicio era ineficiente, insuficiente o ambos los dos inclusive. Con el pasar del tiempo me hice “colafóbico” es decir, le tengo pavor a las colas, producto de muchas malas experiencias al hacer colas, como por ejemplo, que se terminaran las entradas al cine cuando me tocaba llegar a mi en la taquilla, que se iba la linea en el banco cuando era mi turno en el cajero, que se acababa la comida en el comedor cuando me tocaba a mi, entre otros momentos tristes. La colafobia en mi caso ha llegado a extremos de que no me gusta hacer cola ni para cobrar un cheque, así no tenga dinero para un café. Aunque las colas siempre han existido, me he percatado de un tiempo para acá, que están surgiendo en lugares que antes uno no se imaginaba que podían existir. Y en estos días, producto del nuevo riquismo venezolano del siglo 21, he visto colas hasta en las peluquerías caninas del centro comercial. Colas para comprar, pagar, pedir, solicitar. Colas en la panadería para el café, en la venta de celulares para comprar equipos de 1.000Bf, en la venta de periódicos, etc. Sin embargo lo que acompaña a mi asombro de ver colas en todas partes, es que el que te atiende, usa una expresión zafia, sacada de los anales de la prestación de los servicios públicos, de la boca de la adeca más rancia que pueda existir en la oficina ministerial mas apartada del edificio mas lendroso de la administración publica, dicha en una entonación que deriva en ejercicio de poder transitorio y circunstancial, en asunción de la autoridad más breve, de haber sido ascendido a una de las primeras dignidades, que es la maldita expresión “hágame la colita por favor…”. Si te acercas a la cola de CANTV de 200 personas a todo sol que se hace para reclamar, solo para ver si es la cola, la que atiende te dice, en perfecto español de Yuribizaida Coromoto “Pol favol señol, hagame la colita para poderlo atendel” No vale que le digas que solo quieres preguntar si esa es la cola para solicitar que te dejen de cobrar las llamadas a Suiza, no importa. Vas a Telcel (ahora Movistar que es la misma mierda de malo) y te acercas al mostrador a preguntar porque el celular de 1,5MM que compraste ayer se le apaga la pantalla cuando hablas, y la tipa, que venia hablando con la compañera en un tono de voz estilo Carmen Victoria Perez o Maite Delgado, de repente te ve de arriba abajo y antes de que puedas decir nada, transforma su voz a la de vendedora de panelas en el peaje y te dice “Mira mi amor, hazme la colita para poderte atender…”. Y hoy, llegué al panadería a tomarme un café, y había cola para comer taquitos a 6mil y Cucarachino (el verdadero nombre de los Mocachinos de Nescafe por su alto contenido de chiripas) y cuando me acerque al mostrador para preguntar si habia astor azul (que es el unico cigarro que fumo) el cajero me dijo en perfecto lenguaje “pata-en-el-suelero” “Mi pana, vaya (o valla?) haciendome la colita si quiere que lo atienda…” No lo puedo creer. ¿Por qué dicen “la colita”? ¿Por cariño? ¿Para hacerla más bonita? ¿O es como me decía un amigo que el “ito” en Venezuela implica por favor????? ¿Tengo que hacer la cola para preguntar si es la cola? ¿Por qué tengo que hacer esa acción recursiva de hacer la cola para saber si debí hacer la cola o no? No entiendo. Lo peor es que nos acostumbramos a hacer la colita cuando deberíamos exigir mas gente que atienda o mas rapidez en la atención. Por eso cuando la tipa de CANTV me dijo que hiciera la cola de 200 personas para preguntarle lo de las llamadas a Suiza le dije “De repente si es para cogerte, hago la colita, mi amol, chao”….

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