jueves, 11 de febrero de 2010

Nuestro Hombre Bicentenario

Nuestro Hombre Bicentenario


Andrew Martin es un personaje de un cuento escrito por Isaac Asimov a petición del gobierno federal de USA en el marco de la conmemoración de los 200 años de la independencia de ese país. Andrew es un robot antropomórfico que por un desperfecto en su cerebro positronico, empieza a sentir como humano, lo que lo lleva a través de la historia a mejorarse físicamente hasta conseguir convertirse en un verdadero hombre. La prueba máxima de su deseo ferviente de convertirse en uno de nuestra especie fue el sacrificar su inmortalidad, y muere el día que lo decretan hombre, a sus 200 años. Asimov escribió este cuento presumiendo tres cosas que me llaman la atención: la única manera de que un hombre llegue a los 200 años es que sea un robot que se transforme en tal; que ese robot debe estar malo del cerebro y, que debe morir para que sea un verdadero hombre. Nosotros tenemos a nuestro hombre Bicentenario, que ya empezó a celebrar los 200 años de la independencia de Venezuela, y para tales fines todo, absolutamente todo este año, llevará el epíteto de Bicentenario. Ya tenemos un Banco Bicentenario creado a partir de un montón de bancos quebrados por los boliburgueses, un plan de seguridad Bicentenario para controlar la delincuencia creada en los últimos 11 años, y me imagino que habrá toda una estela de cosas Bicentenarias. Una de las cosas interesante de nuestro Hombre Bicentenario es que es totalmente reciclado, tan reciclado que ayer 6 de febrero de 2010, andaba con la espada de Bolívar (no sabia que algo tan supuestamente sagrado lo cargue ese loco encima) jurando que “no daría descanso a su brazo, y a su alma mesma hasta no ver implantado el socialismo meeesmos” etc. Supuestamente antes del 92 el hizo junto a sus amigotes del MVR un juramento en el Samán de Güere (queda cerca de mi casa por cierto y es una suerte de meca chavista igual que el batallón de Paracaidistas en La Placera) donde juró que “no daría descanso a su brazo, y a su alma mesma hasta no ver a Venezuela liberada del imperialismo meeesmos” , y cuando tomó la presidencia, y prácticamente a cada rato está haciendo juramentos (con la mano izquierda porque él es más arrecho) que a la final no cumple. Uno de esos juramentos por cierto fue cuando recién llegado como presidente dijo que si en 6 meses habia un solo niño de la calle se cambiaba el nombre. Obviamente esos niños de hace 11 años siguieron en la calle y se convirtieron en tremendos choros. Otra de las cosas recicladas de nuestro Hombre Bicentenario son sus inventos. Como buen vendedor fracasado de Anway, el cree que lo importante es vender lo inusual, que al no entenderse qué es exactamente, lo hace mejor o diferente y que lo demás es mercadeo. Año tras año crea con diferentes nombres, a veces verdaderos ejercicios de creatividad esos nombres, las mismas formas de regalar plata, que es lo único que le gusta a sus seguidores de él. Ayer inventó un fondo para darle plata a los estudiantes para que formen cooperativas de transporte (¿Las universidades no tienen desde hace años?) y un fondo, ¿adivinen?, Bicentenario, para promover la producción nacional y sustituir las exportaciones, cosas que con pequeñas diferencias se parecen a las misiones y al programa cooperativista de hace unos 3 años donde al final todo ese dinero se convirtió en carros, casas y viajes para Margarita. En otra cosa que se parece bastante nuestro Hombre Bicentenario al Andrew de Asimov, es en su perseverancia por el ensayo. Desde el Plan Bolívar 2000 hasta la fecha, ha ensayado, sin éxito, cualquier cantidad de cosas, buscando pegarla, y lamentablemente no ha pegado ninguna. ¿Por qué? Simplemente porque ha tratado de experimentar con cosas que fallaron en el pasado por malas en si mismas, y él cree que lo que faltaba era un hombre como él para que funcionaran. Y finalmente, definitivamente, en lo que más se parece nuestro Hombre Bicentenario al del cuento es en que tiene un problema en el cerebro. Tan grande es su locura, que ya empieza a sentirse Bolívar de verdad y anda para arriba y para abajo con (espero sea una réplica porque la original vale plata) la espada de nuestro prócer, jurando y prometiendo vainas que no cumplirá. Lamentablemente para el nuestro, su cerebro no es positronico sino coprologico, lo que quizá haga mas difícil su reparación...

No hay comentarios: